Recordando los prejuicios que rodearon al brote de Polio

Donald G. Mc.Neil Jr. / The New York Times

Hace exactamente 100 años este verano, la ciudad de Nueva York fue azotada por una de las peores epidemias que haya registrado: el primer brote explosivo en Estados Unidos de parálisis infantil; enfermedad conocida más adelante como polio.

Era una enfermedad intrigante, aterradora. La mayoría de las víctimas eran niños. Al principio, ni siquiera se veían terriblemente mal; con frecuencia, despertaban con fiebre e irritables, diciendo que les dolía el cuello.

Sin embargo, al poco tiempo, en vez de salir de la cama, apenas eran capaces de arrastrarse por el piso, las piernas sacudiéndose atrás. A las pocas horas, en algunos casos tenían dificultades para respirar, y después morían.

Para el otoño habían muerto 6.000 personas de polio, en su mayoría niños, y 21.000 quedaron paralizados de manera temporal o permanente. Ese brote se limitó al Noreste de EU, pero estableció un patrón.

La polio es una enfermedad de clima caluroso, y hubo epidemias de verano irregulares, pero frecuentes, hasta que la vacunación puso fin a la era de la polio. Durante los siguientes 60 años, fue común ver niños y adolescentes con columnas torcidas y piernas marchitas en Estados Unidos.

Ahora que el virus del zika ha terminado en Estados Unidos, y ahora que la polio ha resurgido en África tras dos años sin que hubieran habido casos, podría ser instructivo volver la mirada a la epidemia de Nueva York. Ese evento presentó muchos de los problemas que se han observado en nuestra respuesta a la epidemia de zika: falsos rumores, prejuicio étnico y medidas ineficaces.

Un poco de historia

En 1916, con las causas de la polio aún no definidas, la ciudad respondió como lo había hecho frente a la disentería, a la tifoidea y a la tuberculosis: los oficiales hicieron valer ferozmente un énfasis en la limpieza. Trabajadores lavaban a diario con cuatro millones de galones las calles y reprendían a neoyorquinos para que limpiaran su casa. Use trapeadores húmedos, no escobas secas, dijeron. Rocíe aserrín húmedo u hojas de té antes de barrer.

Si la polio hubiera sido un hantavirus, transmitido en orina seca de ratón, eso podría haber sido un consejo sensato. Sin embargo, la polio es transportada en heces, y el lavado de calles quizá solo podría haber propagado el virus por las alcantarillas húmedas.

Malos consejos habían llegado justo desde la cúpula. Debido a que había hecho una investigación sobre el modelo de animal equivocado – un tipo de mono que no podía infectarse oralmente -, el doctor Simon Flexner, director del entonces nuevo y prestigioso Instituto Rockefeller, insistió en que la polio se infectaba a través de la nariz, en el polvo o estornudos.

Se dijo que perros y gatos eran portadores, y aterrados dueños detuvieron camionetas de la Sociedad para la Prevención de Crueldad hacia Animales (Spca) para entregarles sus mascotas, o meramente las dejaron sueltas. Casas del distrito fueron saqueadas por muchachos que trajeron perros perdidos por la recompensa. La Spca y la policía sacrificaron 72.000 gatos y 8.000 perros.

Los ciudadanos bombardearon al Consejo de Riqueza de la ciudad con sus propias teorías sobre las causas de la epidemia. Con base en la revista del Smithsoniano, los sospechosos eran; mosquitos, alcantarillas, el canal Gowanus, agua freática, conos de helado, excavaciones, moscas, chinches, polvo de la calle, hojuelas de maíz, trenes subterráneos, parásitos acuáticos, utensilios metálicos de cocina, gases de fábrica de balas, encorvarse en pupitres escolares, mercurio, ropa blanca, volcanes, electricidad, quemadura de sol, ropa de cama de segunda, comida podrida, botellas de leche sucias, monedas en la boca y tabaco.

Al igual que con el zika actualmente, se responsabilizaba ampliamente a un pesticida: un aerosol para árbol que contenía arsenato de plomo.

Chivos emisarios

Muchos criticaron con dureza a los inmigrantes. En la década de 1840, a los judíos por la tuberculosis. El primer niño que quedó paralizado vivía en un modesto barrio italiano en el oriente del Gowanus, en Brooklyn. La polio pronto saltó a Pigtown, dura área agrícola y porcina, y la mayoría de los primeros 20 casos fueron en niños italianos. Funcionarios de salud llegaron en grandes números a barrios italianos, clavando letreros de cuarentena a las puertas. Lo que es más, los residentes quizá solo fueron las primeras víctimas inocentes. No hubo un brote mayor en Italia, ni lo habría sino hasta la década de 1930. Inspectores de la isla Ellis no informaron de repunte alguno en parálisis entre recién llegados.

La variedad letal podría haber sido nacional. Con base en David M. Oshinsky en “Polio, una historia estadounidense”, un brote de polio en un diminuto valle cercano a Ruitland, Vermont, había matado a 18 personas y paralizado a 50 allá por 1894.

Otra teoría – no demostrada, y con cierta evidencia en su contra – fue que el virus había sido una fuga del laboratorio de Flexner, donde él estaba creando variedades nuevas de híbridos mono-humanos.

Incluso mayor que la discriminación en contras de italianos fue aquélla contra todos los niños de Nueva York. Fuera de la ciudad, eran objetos de horror.

A medida que padres de familia fueron huyendo con sus hijos, ciudades desde Hoboken, Nueva Yérsey, hasta Boston desplegaron agentes de policía en plataformas del tren y atracaderos de trasbordadores devolviendo a cualquier menor de 16 años. En carreteras de Long Island, “inspectores de salud” – a veces, prácticamente vigilante armados – detuvieron automóviles para buscar niños.

El Servicio de Salud Pública de Estados Unidos emitía “certificados de salida” a niños considerados libres de polio; los funcionarios entregaron 5.225 en un solo día de julio. Incluso eso podía fallar. Oficiales en Schodack, Nueva York, anunciaron multas de 50 dólares para forasteros con niños y dijeron que “no reconocerían certificado alguno, sin consideración a quién lo firmara”.

En la misma Ciudad de Nueva York, los niños eran excluidos de teatros, bibliotecas y juegos de pelota. Cerraron la escuela dominical, y se cancelaron días de campo de la iglesia, desfiles por el 4 de julio y festivales de santos italianos. A los padres de familia se les aconsejó que los niños saludables podían ir a parques; pero que nunca deberían jugar en grupos mayores de tres. A los niños enfermos – incluso a aquellos con resfriado – les iba mucho peor.

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